Siempre he temido al hielo. No porque sea frío, no porque se dé en lugares algo perdidos (a excepción de los congeladores) sino por la posibilidad de que se deshiciesen o rompiesen bajo mis pies. De repente esos miedos turbaron más que mi mente y sin querer me quedé paralizada. No respondía a mi alrededor, ni siquiera a mis pensamientos, solamente me quedé clavada al suelo por los pies. Horas, días... eternidad.... no podía ser menos tiempo el que había permanecido inmóvil, sin embargo debieron ser décimas de segundo, todo estaba igual. Ni más distancia, ni menos respecto a los de delante, así que sacudí la cabeza, alejé todo pensamiento de mí y continué con mi espléndida sonrisa en la cara.
En un principio estábamos rodeados de árboles, algo lejos, pero allí estaban. Ahora, por el contrario, solo había hielo desde el horizonte hasta nosotros y viceversa. Como el paisaje comenzaba a resultar monótono empezé a jugar con las grietas del hielo. Como cualquier niña de cinco años jugando con las rayas del suelo, yo esquivaba las del la placa helada de agua que se encontraba debajo de mí. Cada vez más largas, mayores, más anchas... me resultaba más difícil zafarme de ellas por lo que involuntariamente empecé a saltar hasta que la presión cedió.
Todo pasó muy rápido. El hielo, castigado por el calentamiento global y mi descuido se quebró dejando paso a un boquete que daba a parar directamente al agua. Me hundí. Sorprendida por el azar no reaccioné a tiempo pero conseguí nadar hasta uno de los bordes. Resvalaban. Volví a caer. Jack llegaba. No había tiempo. Me perdí. Desde debajo del hielo todo parecía un muno a parte, un refejo en el espejo. Nunco volví a ver la luz del sol.
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