Corría sin mirar atrás. Calles tras calles se iban sucediendo a ambos lados de mi sin cambiar de aspecto. Sí de nombre, sí de lugar, pero todas iguales: oscuras, frías y desiertas. Como en una ciudad fantasma todo era de color gris. Ese gris que solo cambia de tonalidad con la claridad del cielo y la ausencia del sol (oculto tras un denso manto de nubes.) Mi respiración era acelerada, insistiendo en ser cada vez más pesada y necesaria. Necesitaba oxígeno, lo anhelaba... era la única forma de llegar. Sin embargo cada vez era más silenciosa. Contrariamente a lo que suele suceder al no podre contenerla, se iba perdiendo más y más en el aire o el vacío de los alrededores viéndose sustituida por los latidos de un alocado corazón. Siendo una parte del cuerpo tan indispensable como el cerebro, parecía querer salirse de mi pecho. Levando nutrientes a los músculos en la desenfrenada carrera emprendida tan desesperadamente. Sin fuerzas, agotadas en el comienzo del "sprint", las intentaba sacar de cualquier rincón de mi ser.
El 23 de Febrero, yo tendría que llamar en las tres cabinas telefónicas antes de transcurridas las tres horas después de las once de la noche.
Eso era lo realmente importante, lo indispensable, lo que en verdad urgía en aquellos momentos. Era lo único que tenía que pasarse por mi mente. Pero el miedo es una de las armas más potentes contra las personas o uno mismo. Por miedo o por amor cometemos estupideces, por miedo o desesperación llegamos a límites insospechados, por miedo o cobardía vendemos al prójimo en nuestro propio beneficio. Pero solo por miedo, ya sea a defraudar a alguien o a sí mismo, por perder a quien más quieres, por perder lo "que es tuyo"... solo por ello somos capaces de las mayores atrocidades o de los mayores sacrificios personales.

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